El alma al aire

ropaEl aire de marzo, que es el que mejor acaricia, acaba de dejar las maletas para quedarse hasta que termine abril. Abril no tiene esta brisa suave que acaricia cuando el sol se coloca cerca del meridiano y las cosas comienzan a tener vida propia. Aire pillo, sensual, acorta las mangas, abre los botones y deja que la piel se enseñe para que se impregne de todos los aromas que despiertan cuando llega. El aroma del naranjo que, como un ejército, conquista e invade hasta el rincón más alejado de los barrios. El aroma de oriente que surge del un templo abierto mezclado con la vainilla, con la mirra, con todos los elementos de la alquimia de la primavera.

El aire de marzo es el que nos seca la grisura de los fríos y nos saca los colores. Es el momento de lavar el espíritu y tenderlo al sol amarillo para que se seque. Aire sublime, viento bendito que mece los cordeles de la vida donde se cuelga el alma renovada de cada primavera

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Todo por nada

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La cal de la calle es el muro de las lamentaciones de Sevilla.
Cuando no hay esperanza, cuando todo se termina, cuando nada empieza, en el silencio de las monjas siempre queda el último clavo al que agarrarse.
Eso no es una ensoñación, ni una leyenda. No hay más que ver a la gente que se agolpa en determinados días delante del Convento de Sor Ángela para cumplir con el rito de la visita a la Santa durmiente o para desahogar una pena blanca o una pena negra.
Allí, junto a la baranda, la urna con el bolígrafo y los papeles. “Por la salud de mi madre” “Porque salga bien la operación” “Porque no sea cáncer” “Por que vuelva”
La Santa que duerme está bien despierta. Es una Santa viva con la que se habla de tú a tú. A ella el usted nunca le gustó.
En el inicio de la Cuaresma, brisas moradas por la calle de la Cruz.
Junto al muro de las lamentaciones de esta Jerusalén del barrio de San Pedro, la gente busca la esperanza. Esa que hoy, vestida como una mujer palestina, espera 45 días para ir también a visitar a la Santa que siempre escucha, que siempre da todo por nada.

Estos días azules

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Viejo y desaliñado, con barba de cuatro días, camino de Collioure, con su madre, con su hermano José, cruzando Cataluña con destino al destierro “¿Cuánto queda para Sevilla, Antonio…?” Para Sevilla no quedaba nada, a la vuelta de la esquina de esa carretera, de ese mar frío, de esas penalidades, estaba el 22 de febrero de 1939, miércoles de ceniza y el hotel donde -cansado de vivir- cerró los ojos.

Quedaban lejos los atardeceres junto a la Casa de las Dueñas, donde esos días azules bañaban la imaginación de aquel chaval que soñaba los versos. Lejos el sol de la Plaza de San Pedro por donde jugaría. Lejos Triana, el barrio donde se casaron sus padre,  al que de vez en cuando volvería. Se fue con siete años. Quizá alguna vez regresara. Y aunque no lo hiciera para siempre se quedaría atrapado en su recuerdo el paraíso de la infancia que es lugar al que siempre ansiamos volver. Segovia le adora, Baeza le idolatra, Soria le venera. …Y Sevilla. Nunca fue buena madre con sus hijos. Ni un monumento, ni un limonero, ni un poema; solo una calle en el Tardón.

Pero el destino es caprichoso. Ahora cuando por febrero el agua limpie el aire para dejar ver la transparencia de los cielos azules y el sol de la infancia, el monumento al poeta de las Soledades estará encima de todos nosotros. Ni bronce, ni mármol: aire y fuego. Todo pasa. Todo queda.

Sanidad buena, sanidad mala

sanidadentroBullicio, esperen, no pasar, camas en los pasillos, pasillos con camas, habitaciones con ruido, el televisor, la bulla… Pero también trasplantes, vanguardia, excelencia, vida. Una ambulancia que llega y un anciano que se salva

Enfrente, silencio, moquetas, música ambiental, enfermeras como un pincel, una factura final un sten a miles de euros.

La dinámica de los tiempos en este país, la que con demagogia modelan los políticos trata de enfrentar la sanidad pública con la privada. Quienes demonizan a la una glorifican a la otra con su correspondiente viceversa.

Pero no se trata de eso. Solo hay dos sanidades. La buena y la mala. La pública parece que es gratis, pero nos cuesta a todos. La privada parece que es cara, pero sale más barata.

Cuando un siglo de estos nos dé por hacer las cosas bien se cambiarán los adjetivos para llamar a las cosas por su nombre. Mientras, a esperar en los pasillos o a pagar por los stens

Al caer la tarde

dentro

Cuando la acera se viste de lunares naranjas, del fruto del árbol maduro y desparramado

…cuando empieza a asomarse entre las hojas verdes la diminuta cabecita del brote que se espera

…cuando la lluvia limpia el aire con la bayeta del viendo para dejarlo como el cristal

…cuando el incienso de la calle Córdoba se derrama hasta inundar de aroma la Plaza del Salvador y la del Pan.

…cuando la túnica del altillo se da la vuelta y se despereza después de los meses de letargo

…cuando la abeja se esmera en dejar en los panales la miel más dulce que hará dulce el reloj de la cuenta atrás

…cuando el cuerpo le pide el bálsamo del aire de Triana.

…cuando la mirada se hace más alta

…cuando, como hace 10 años, le llegó el rezo de miles de gargantas que recordaron las estaciones de su dolor

…cuando sus Penas se hacen más nuestras el reloj del alma da la hora en punto que estremece la impaciencia.

En dos meses justos, será Domingo de Ramos.

Sevilla es cosa de dos

Sevilla 03/10/11 foto. ALEJANDRO RUESGA, Metrosol parasol de SevillaHay una Sevilla que solo mira para detrás. Y no es mala cosa. Los siglos que nos anteceden han dejado en la piel de la ciudad un legado que para sí quisiera la más grande de las urbes del planeta. Romanos, moros, cristianos, italianos, flamencos, tirios y troyanos se enamoraron de este trozo de tierra y plantaron sus mejores creaciones. Mirar hacia detrás no es un ejercicio de nostalgia.

Hay otra Sevilla que mira solo al futuro y que alza un monumento ondulante en el corazón de las calles. Esa ciudad que no tiene en cuenta su pasado. O que al menos no lo mira con demasiada frecuencia, ha encontrado en estas setas de madera su símbolo y su diosa. Son bellas, parecen que están metidas de manera permanente en una danza de olas que se escenifica allá por los cielos.

Esa Sevilla dual encontró en las setas la otra cara de la torre mayor. Sevilla y Betis, Esperanza y Macarena, Giralda y Metropol. Al menos a la Giganta se no se le pone enfrente un adefesio sino una belleza. Mejor así.